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Luis Cardeña Gálvez
1/07/2010
JOHAN CRUYFF.
 
Foto ilustrativa del artículo
 

JOHAN CRUYFF


Todos queríamos ser como él

Bernard Morlino: “Retratos legendarios del fútbol”. Editorial Edimat, 2009



Jugar contra él era como jugar contra doce o trece. De hecho, solía llevar el número 14, como para dar a entender que contaba por tres. Con ojos hasta en la nuca, Cruyff aunaba el gusto por el espectáculo con los imperativos de la victoria. Impuso el orgullo de la elegancia. Antes de que apareciese, los futbolistas eran como nuestros padres. Él, chaval de figura filiforme, podía ser nuestro hermano, o incluso alguno de nosotros. En el mundo de la música estaban Lennon y los Beatles; en el fútbol, acabábamos de descubrir a Cruyff y al Ajax. Su entrenador, Rinus Michels, creó el ‘fútbol total’, en el que todo el mundo defendía y atacaba al mismo tiempo. La Holanda de Cruyff jugaba para ganar, no para no perder. “El fútbol es espectáculo”, era su lema. En aquella época, el fútbol sólo interesaba a los entendidos. El “¿Sabes?, tienes unos bonitos ojos” de Cruyff fue su gancho, el arte del cambio de ritmo. Asimilaba la información tan rápido como un piloto de Fórmula 1 a 300 km/h. El holandés era imprevisible, de ahí su impacto en el juego. Cruyff no derramó ni una sola lágrima cuando perdió la final de la Copa del Mundo en 1974, a pesar de haberla tenido tan cerca. Era la primera vez que Holanda y Alemania se veían las caras en un partido oficial tras el fin de la guerra. Los aficionados deseaban vencer a los representantes del país que, bajo las órdenes de Hitler, les había invadido. Los vecinos de idiomas tan cercanos se detestaban. De golpe, Holanda pasa a los diez, y Cruyff regatea a varios jugadores anónimos para acabar con el partido lo antes posible, provocando un penalti que Neeskens se encargaría de transformar. Su ego se infla en el momento menos apropiado porque será la sanguijuela Bertie Vogts, que jugaba en casa, el que se encargue de deshincharlo. Ultrajado por la derrota, Cruyff no quiso volver a vestir el color naranja. Sus compañeros trataron de vengarle en el Mundial de Argentina 78, pero se inclinaron nuevamente ante el país organizador. Jamás sabremos si Cruyff hubiese hecho inclinar la balanza del lado correcto, tras cuatro sufridos años rumiando la derrota. Autor de tantos grandes goles, surcaba hasta al aire.

En plena carrera, hizo una vaselina al portero, que observaba cómo la bola iba a parar al fondo de la red. El acelerador tenía un ‘sprint’ que dejaba atrás a sus perseguidores. Era capaz de marcar, al borde de sus fuerzas, de una tijereta. Rapidísimo, exterior derecho, exterior izquierdo, podía rematar el partido en el momento clave. Los ángulos imposibles parecían no ser impedimento a la hora de marcar goles imparables. Regatear ocho jugadores seguidos no le daba miedo.

Realizaba varias carreras por partido, que esperábamos como quien espera el ‘hit’ de su cantante favorito. Se frescura era perceptible desde que partía hacia la portería contraria, con la cabeza girada. Sus incesantes ataques presionaban a sus adversarios, que le observaban levitar. Para él, el fútbol era como jugar a los bolos con personas. Lúdico y lúcido, jamás fue campeón del mundo sobre el papel, pero, para los amantes del deporte rey, lo había sido en diez ocasiones. Huérfano de padre, sólo se tuvo a sí mismo como modelo.

Para que su madre no tuviese que limpiar los vestuarios del Ajax nunca más, el niño se hizo el héroe de Amsterdam. En pretemporada, hacía subir los precios, aunque sólo ganaba unos 30.000 francos (4.600 euros) al mes, mientras que otros necios, treinta y seis años más tarde, se embolsan hasta 200.000 euros mensuales. Y, sin embargo, estos no hacen soñar al pueblo, mientras que en su época, el pueblo entero soñaba con Cruyff. Sus detractores le acusan de estar demasiado apegado al dinero. Pero no hay nada más normal que pedir una remuneración por un servicio. Su clase no le dio la fortuna a la que tenía derecho. Discutía con avidez las primas, en interés de sus colegas, sin mediación de agentes. En principio, Cruyff se hizo profesional para ganarse la vida, y cuanto mejor jugaba, más le pagaba. Cuando empezó, en 1964, el sueldo era de unos 80 euros mesuales.

Relacionaba el fútbol defensivo con un funeral. Hacer venir a la gente al estadio para ofrecerles un espectáculo claustrofóbico, le parecía de los más maleducado. Inteligente y pragmático, la velocidad hecha hombre no toleraba que se jugase un partido con el miedo en el cuerpo. La presión la dejaba para los neumáticos del coche. Al ‘galgo’ no se le apodó por nada ‘Till el travieso’. Cuando iniciaba una acción, se dirigía como una flecha a la portería contraria, con el torso en ‘avanti’, como si fuese a cortar la invisible cinta de meta de los 100 metros olímpicos. No se puede fingir ser una estrella, hace falta un don, prestancia, juego propio, base técnica, el arte de anticipar e improvisar, ánimo para superarse constantemente y una fuerte personalidad que nos permita brillar en un contexto hostil. Reconocíamos a Cruyff desde que hacía el más mínimo gesto. Descubríamos la angustia en la cara de sus adversarios, pegados a la falda de mamá. El jugador mágico se convirtió en un entrenador que conquistó la Copa de Europa de Clubes Campeones del 92, para regocijo de los socios, que llevaba esperando desde 1956. Y visto que el tabaco casi le mata, lo reemplazó por los ‘Chupa-Chups’. Uno no se cura fácilmente de las heridas de la infancia.


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