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Luis Cardeña Gálvez
17/06/2010
PELÉ.
 
Foto ilustrativa del artículo
 

PELÉ


El inventor del fútbol moderno

Bernard Morlino: “Retratos legendarios del fútbol”. Editorial Edimat, 2009



Quien dice jazz dice Louis Amstrong. Quien dice fútbol dice Pelé. En el negro de su piel, no veíamos la lluvia de golpes que recibía. De niño, no se podía imaginar que le maltratarían para poder robarle el balón. Pelé quería divertirse, marcar o pasarles el balón a sus compañeros, sin sospechar que él sería el blanco de todos los ataques, la presa. En Europa, las piernas de sus carceleros ambulantes se convertían en hachas, y el césped, en la tabla del carnicero. Su fuerza radica en haber sabido destacar pese al nefasto ambiente que le rodeaba en el terreno. Sin embargo, en el vestuario, era otra historia: sus compañeros le mimaban. Tenían la suerte de vivir cerca del as que inventase el ‘free football’. Debían contentarse con ayudarle, por el bien del Santos FC. Antes de Pelé, a ningún otro futbolista se le había puesto tantas trabas para que deslumbrase en el campo. Picasso era afortunado: nadie le ponía la zancadilla cuando se acercaba a su caballete. Sólo por su toque de balón, que mistifica a la oposición, reconocemos el estilo de Pelé, tan característico como el de Miles Davis con la trompeta. Desde 1958, este brillo especial encarnaría el fútbol del mismo modo que Gérard Philipe representa el alma del Teatro Nacional de París o André Breton, el surrealismo. Todos los niños pensaban en ál antes de dormirse, en una época en que las imágenes fijas desarrollaban la imaginación. Sin haberlo visto jugar jamás, la totalidad del planeta le amaba por el simple hecho de haber pasado a ser uno de los personajes esenciales del siglo XX. Las escasas imágenes en movimiento le mostraban como un joven bien plantado, que se deslizaba por el césped con un centro de gravedad muy bajo. En 1958, los paseantes se paraban ante los escaparates de las tiendas de televisores con el ánimo de ver a Pelé en acción. Sus lágrimas en los brazos de Didi y de Gilmar forman parte de la memoria colectiva. El hombre que llora es el primer futbolista que salió del cerco de las páginas de deporte. Obnubilado por la regularidad, se entrenaba con esmero. Su madre deseaba que fuese un niño de Dios, sin pensar por un instante que había traído al mundo al dios del balón. En Brasil, leyenda y realidad van cogidos de la mano. Bromista e incapaz de estarse quieto, Pelé opta por la política de las tres ‘c’: corazón, cuerpo y cerebro. Del corazón a la acción. Un cuerpo que hace falta cuidar porque es el legado de sus ancestros, y un cerebro del que servirse con sutileza. Su ciencia táctica y su potencia de tiro hicieron de él un goleador insaciable. Finaliza su carrera sin conocer la presión previa al partido. En la final de la Copa del Mundo de 1970, le vemos servir, con una tranquilidad pasmosa, caviar a Carlos Alberto.

El balón parecía avanzar a cámara lenta. Un movimiento de una belleza impactante, se nos antoja como la escena en la montaña de Gabin y Dalio en la película francesa ‘La gran ilusión’. A través de Pelé, miles de jóvenes descubrieron el espíritu del juego. Sus adversarios en 1958 fueron incapaces de adaptarse a los regateos de Zito, Didí y Vavá, nombres que parecen notas musicales. Ya en la fase final del Mundial, Pelé concedió a su país su primer título de altura. La luz llegó de manos de este joven, a kilómetros del país natal que esperaba el título como quien espera la venida del Mesias. Ocho años después de la cruel derrota frente a los uruguayos, los ‘auriverdes’ fueron capaces de torcerle el pescuezo al indio que paralizaba la nación. Garrincha embarcaba a sus adversarios hacia la derecha para permitir que sus compañeros utilizasen los espacios libres. Pelé brilla con luz propia y aprovecha la oportunidad única de participar, a su corta edad, en el torneo más importante del mundo. Desprende alegría de vivir, simbolizada en el ‘sombrero’ (jugada en la que un jugador eleva el balón por encima de un contrario y lo vuelve a controlar) que le hace a uno de sus adversarios suecos. Contrario a los gestos gratuitos, esta figura fue idónea. La inteligencia demostrada era su arma más poderosa. Jugador completo, era capaz tanto de plantar el balón delante de él como de adelantar su cuerpo para evitar que los defensores lo controlasen.

Gracias a su manera de liberar sus emociones, los espectadores comulgaron con quien tan bellas acciones les regalaba. El amor por el fútbol de Pelé, así como su técnica imbatible, eran tan grandes, que éste parecía estar disfrutando en todo momento. ¿Acaso fue casualidad que su aparición mundial coincida con la de la Bossa Nova? ¡Había tanta delicadeza en el número 10! En 1962, sus rivales le enviaron directamente al matadero. Pelé fue el primer jugador en convertirse en un anuncio andante. A cambio, jugaba un centenar de partidos al año. Fue etiquetado de ‘chaval ejemplar’ y hecho estandarte de un nación mestiza. Es a Garrincha lo que Paul Géraldy ara a Antonin Artaud. Pequeño, potente, regateaba hasta el punto de ir a la carga contra el prójimo. Sus acciones se consideraban como una marca de inteligencia cinética. 1970 fue el año de la obra maestra, la de la final del Mundial contra Italia (4-1). A la ‘Seleçao’ no le faltaban perlas raras: Jairzinho, Gerson, Tostao y Rivelino. Con ellos, el balón ascendía como si lo hiciese entre algodones, y descendía con suavidad, como un paracaídas. ¡El balón del cielo! Con ellos, abandonamos el mundo en blanco y negro para entrar en el ‘auriverde’. El paso del tiempo parece haberse olvidado de Pelé, quizá porque sus seguidores, que tanto le echan de menos, le han prohibido morir.


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