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EL MUNDIAL               + artículos -->

Luis Cardeña Gálvez
8/04/2010
MEXICO 1986.
 
Foto ilustrativa del artículo
 

MEXICO 1986


Julio Maldonado, ‘Maldini’: “De la Naranja Mecánica a la Mano de Dios”. Editorial Planeta, 2006



Será siempre el Mundial de Maradona, la culminación definitiva del más grande. Ya hora parece extraño, pero no sólo Bilardo, sino toda la selección argentina llegó muy cuestionada al Mundial. La altura de México, los partidos a las doce de la mañana con más de cuarenta grados por la exigencia televisiva, la confirmación de la gran selección francesa a pesar del ocaso de Platini y el buen nivel de España fueron algunos de los titulares. Pero México 86 es Argentina y sobre todo Maradona.

Argentina ganó el Mundial de México del 86 con Maradona como “semidiós” del fútbol, Bilardo en la cuerda floja meses antes y mil anécdotas más de un triunfo inesperado e inolvidable. ‘El Gráfico’ las contó tal y como fueron. Disfruten con las mejores de ellas.

Hitler y la final

Argentina estaba a punto de entrar en el césped del Azteca para jugar la final contra Alemania. Los dos equipos alineados y Maradona al lado de Rummennige, el gran capitán alemán. De repente se le ocurrió cómo sorprender al rival. Se giró, les miró uno a uno y gritó “hoy ni Hitler nos gana”. Los alemanes lo entendieron a la primera. Más tarde empezaría una de las grandes finales de la historia de los mundiales.

La magia del Azteca

La selección argentina entrenaba en el campo del América, muy cerca del estadio Azteca. Cada día pasaba por allí el autocar con Maradona y compañía, y cada día toda la plantilla suspiraba al mirarlo. Al principio nadie decía nada, pero todos lo pensaban. Luego uno dijo “chao, Azteca, nos vemos en la final”, y aquello se convirtió en grito de guerra. Uno de los momentos más esperados del día era cuando el autocar pasaba por delante del Azteca. Un rito y un sueño que se hizo realidad. En el Azteca, Argentina levantó su segunda Copa del Mundo.

El orgullo de Maradona

Un día de lluvia infernal y de miedo en todos los jugadores, Argentina le ganó con gol de Pasculli a Uruguay en octavos de final. Fue el partido más difícil de los argentinos, incluida la final, y acabaron defendiendo todos atrás. La batalla del Río de la Plata es distinta a todas. Aquélla era la primera vez que Argentina ganaba a Uruguay en un Mundial, y el único precedente fue el 4-2 de los celestes en la final de 1930. Al día siguiente, un periodista argentino le preguntó a Maradona si ya había cumplido con ganarle a Uruguay. “¿Qué si me conformo con quedar entre los ocho primeros? ¿Ustedes se acuerdan de Obdulio Varela en el 50? Sólo cumplimos si quedamos campeones, que quede bien claro”.

El fotógrafo gafe

Hermes Muñoz era uno de los fotógrafos de la NBC norteamericana, y no pudo ir al debut de Argentina contra Corea del Sur, el día en que Maradona salió ileso de milagro tras las enormes patadas de los surcoreanos, que ya conocían quién era el auténtico peligro. Tenía fama de gafe con la selección, y los éxitos del equipo le invitaron a seguir con la cábala. El día de la final no tenía trabajo y se paseaba nervioso por los alrededores del Azteca. “Bah, con 2-0 ya somos campeones”, pensó, y decidió entrar al estadio cuando escuchó el 2-1. “Queda poco y es casi imposible que os empaten”, pensaba mientras subía los escalones de la grada para ver el final. Con el empate a dos y presa de un ataque de pánico, se marchó corriendo del estadio y se encontró ante las rejas exteriores. Desesperado, cuentan que Hermes sacó los pies del estadio y escuchó el 3-2 de Burruchaga así, tumbado en el suelo pero feliz.

Una superstición tras otra

Según avanzaba Argentina en el torneo, las manías crecían. Tapia tenía que afeitarse todas las mañanas, aunque obviamente su cara no tenía casi ningún pelo. El portero Pumpido tenía que pasar sí o sí a pedirle espuma de afeitar, y el utillero Tito Benrós tenía que salir el primero al estadio, exactamente a las siete de la mañana. Nadie se atrevía a cambiar de asiento en al autobús. En la primera fila, siempre iba Bilardo en la ventanilla y Pachamé en el pasillo. Los policías de las dos motos que guiaban al autocar siempre eran los mismos, Jesús y Tobías. Bilardo tenía que charlar de algo al llegar al estadio con Eduardo Forte y Ricardo Alfieri, fotógrafos de ‘El Gráfico’. Y así una tras otra. Luego empezaba el partido y Maradona se encargaba del resto.

El sacrifico de Valdano

Zancada potente y sacrificio permanente, el despliegue físico de Valdano en cada partido fue conmovedor. Antes de la final ante Alemania, Bilardo le llamó a parte y le dijo: “Jorge, usted olvídese de todo, de la pelota y de todos los compañeros, sólo quiero que Persia a Briegel. Si usted es capaz de que no aparezca Briegel, ganamos la final”. Valdano no sólo anuló a Briegel en un palizón físico sin precedentes, sino que marcó uno de los goles argentinos. Más tarde, Valdano fue preguntado por la resurrección alemana en la final y contestó con un “muy simple, nos olvidamos de que enfrente estaba Alemania”. Muchos años más tarde yo tuve el honor de compartir el micrófono de la SER con Jorge en la Eurocopa de 1996 en Inglaterra. En la semifinal de Wembley, Inglaterra-Alemania, su hijo estaba sentado junto a nosotros. Tras la victoria alemana, Valdano se levantó y dijo “che, a éstos les rompí yo el culo” con cara de satisfacción. Ganarle a Alemania es un orgullo para toda la vida.


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