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Luis Cardeña Gálvez
11/02/2010
SUIZA 1954.
 
Foto ilustrativa del artículo
 

SUIZA 1954


Julio Maldonado, ‘Maldini’: “De la Naranja Mecánica a la Mano de Dios”. Editorial Planeta, 2006



El Mundial de Brasil ya había dado el carácter de mito a selecciones, jugadores y entrenadores. La derrota brasileña fue otro importante espaldarazo definitivo para los mundiales porque unió definitivamente el juego con el sentir de los pueblos en la victoria y en la derrota. Y las diferencias de cómo se jugaba a un lado y al otro del charco, aunque seguían siendo notables, se recortaban porque en Europa surgió una selección, la húngara, que mezclaba la potencia europea con la habilidad sudamericana.

Los supervivientes de Maracanazo y el cambio de colores

El Mundial se disputó en Suiza, sede de la FIFA, en conmemoración de los cincuenta años de su fundación y también por haber sido un país neutral durante la Segunda Guerra Mundial. Cuatro años después del Maracanazo se mantenían entre los campeones del mundo Máspoli, Andrade, Varela, Míguez y Schiaffino. Por Brasil, sólo Bauer, el de la estación solitaria, y Baltazar pudieron sobrevivir a la catástrofe de aquella derrota. Otros muchos no volvieron a vestir la camiseta de Brasil después de la tragedia del 16 de julio de 1950. los colores de la camiseta brasileña también fueron cambiados por el mal fario que suscitaba el blanco del Maracanazo. Desde entonces juega con elástica amarilla con ribetes verdes en cuello y mangas y pantalón azul.

El niño Franco Gemma, la cruz de España

España no se clasificó tras quedar eliminada por Turquía. Kubala jugó el partido de ida en Turquía (4-1), pero ya no pudo jugar la vuelta en la que los españoles forzaron el desempate (1-0) porque la Federación Turca le sancionó a perpetuidad y la FIFA respaldó la decisión mediante un telegrama que luego no quiso reconocer haber mandado. Con su participación, Kubala fue el único jugador de la historia que jugó para tres selecciones distintas, antes lo había hecho para Hungría y Checosolovaquia.

En Italia, el desempate terminó en empate (2-2) y Franco Gemma, un adolescente que trabajaba en el estadio, extrajo de un globo de bronce un papel que correspondía a Turquía. Los españoles pensaron que el niño sabía muy bien el papel que tenía que escoger y que el error fu no haber pagado gastos de desplazamiento a los miembros de la FIFA y haberles agasajado con regalos. También se adujo el peso de Hungría como mejor selección del mundo y que, ante una posible renuncia, la FIFA tragó.

Televisión, coches y religión

El encuentro entre Yugoslavia y Francia fue el primero televisado en directo en la historia de los mundiales. Francia, Inglaterra, Italia, Bélgica, Dinamarca, Alemania, Holanda y Suiza formaron Eurovisión. El paquete de los derechos televisivos de retransmisión también comprendía las 24 horas de Le Mans y un discurso del papa Pío XII.

Batalla campal y la amenaza del comunismo

Hungría y Brasil se enfrentaron en los cuartos de final. El partido se recuerda como la batalla de Berna por los mamporros que se sacudieron unos y otros. Todo empezó al señalar el colegiado británico mister Ellis un penalti a favor de Brasil cometido sobre Didí. Branzaozinho agredió a Hidegkuti y jugadores, entrenadores y aficionados sacaron los puños a pasear. Gustav Szebes acabó con la cara rajada por un botazo del entrenador brasileño Zezé Moreira y a Pinheira tuvieron que cerrarle una herida en la cabeza con tres puntos de sutura porque Puskas le acertó con un botellazo. Cuando se reanudó el encuentro, mister Ellis había expulsado a Nilton Santos por parte brasileña y a Bozsik por la magiar. Más tarde expulsaría a Humberto Barbosa y a Mauro Rafael, por lo que la Confederación Brasileña se quejó amargamente tras la derrota (4-2): “El colegiado mister Ellis ha actuado al servicio del comunismo internacional y contra la civilización de Occidente y cristiana”.

Whisky para subir la tensión de Santamaría

Obdulio Varela compartía habitación con Santamaría, el que luego fuera central del Real Madrid. El gran capitán le notaba alicaído, por lo que decidió preguntarle qué le ocurría. Santamaría le contestó que le bajaba la tensión y Varela le dijo que él tenía un remedio infalible para eso. Se fue y al poco volvió a la habitación con una botella de whisky: “Usted y yo nos vamos a tomar un vasito de esto antes de cada comida y verá cómo la tensión le sube”. En esos momentos entró en la habitación el médico uruguayo, que dio el visto bueno a la receta de Varela brindando con éste y Santamaría.

El último gol de Obdulio Varela

Con treinta y ocho años ya, el último partido de Varela con Uruguay fueron los cuartos de final ante Inglaterra. Estaba lesionado, pero optó por jugar pese a una aparatosa cojera. Con el marcador en empate a uno decidió acompañar un empate a saltitos hasta la frontal del área. Allí agarró un derechazo tremendo que supuso el 2-1. Siguió en el campo por no dejar a su equipo con diez jugadores y los campeones del 50 se clasificaron para semifinales (4-2). Varela sabía que aquel gol había sido el último y que no jugaría la semifinal contra el que había sido designado como el mejor equipo del mundo: Hungría. El día antes, el gran Obdulio conversó con Carballo, al que le temblaban las piernas sólo de pensar que debía ocupar el puesto del mito charrúa: “Olvídate de que vas a reemplazar a Obdulio Varela. No pienses en eso. Piensa nada más en que te estás jugando tu porvenir. Juega tu fútbol y olvídate de Obdulio y de lo que podría hacer Obdulio en tu lugar. Juega tranquilo, que sabes hacerlo. La celeste está por encima de todo”.

El visionario Seep Herberger

Alemania se impuso a Turquía en su primer partido, pero el seleccionador alemán no acabó convencido de la actuación de sus delanteros. Decidió llamar a Helmut Rahn, al que hizo volar desde Montevideo, donde se encontraba de gira con su equipo, el Rot-Weis Essen. La decisión no pudo ser más acertada porque Rahn lograría el gol del triunfo en la final ante los húngaros. También dio muestras de su astucia Herberger cuando, estando ya Alemania clasificada, decidió jugar el último partido de la primera fase con siete suplentes frente a Hungría. Los húngaros ganaron (8-3), pero Herberger confesó años más tarde que jugó con suplentes previa autorización del presidente de la Federación Alemana de Fútbol. El objetivo de la derrota era eludir a brasileños y uruguayos en los cruces de cuartos y semifinales y, de paso, hacer que los húngaros se confiaran ante una hipotética final.

El milagro alemán

Tras la goleada en la primera fase, Hungría partía como gran favorita frente a Alemania. Puskas, al que lesionó Liebrich en el festival húngaro ante los alemanes, recibió el alta médica tras ser baja en los cuartos de final y en las semifinales. Puskas contó años después el mayor disgusto de su vida: “El día anterior había entrenado suave. La hinchazón del tobillo había desaparecido. Fui el hombre más feliz del mundo. Jugaba una final y entré como capitán. A los seis minutos, Kocsis remató a puerta, la pelota pegó en Liebrich y se desvió a la izquierda. Yo venía acompañando y marqué libre de marca. Tres minutos después, Czibor ponía el 2-0. Las tribunas enloquecían con nuestro juego. Del minuto diez al veinte un tuya-mía, tuya-mía, sensacional. Nuestros mejores momentos. Cuarenta, cincuenta toquecitos. A media máquina. Lo único que nos faltaba hacer eran saltos mortales en medio de la cancha. Nuestro técnico se entregaba a la verdad de lo que veía en el campo. ¡Qué iba a decir! Era para cerrar los ojos y sentir los gritos. Lástima que cuando los abrimos estábamos perdiendo (3-2). Faltando cinco minutos me anularon un gol legal. Los instantes finales fueron terribles”.

Ex combatientes y semiprofesionales

“¡Qué equipo tan extraño! Formado en su mayoría por hombres que sufrieron todos los horrores de la guerra, que hicieron la guerra. Estuvieron en las trincheras, en los aviones, fueron soldados. Pero nunca dejaron de ser deportistas”. Así describió a los alemanes el periodista Pancho Alsina. De los once jugadores que disputaron la final, siete, ene esos momentos, eran semiprofesionales.

Liebrich: obrero de una fábrica en los alrededores de Berlín.

Kohlmeyer: contable.

Eckel: mecánico.

Mai: pastelero.

Helmut Rahn: chófer en la ciudad de Essen.

Ottmar Walter: comercial en Berlín.

Schaeffer: propietario de un garaje en Colonia.


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