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EL MUNDIAL               + artículos -->

Luis Cardeña Gálvez
4/02/2010
BRASIL 1950.
 
Foto ilustrativa del artículo
 

BRASIL 1950


Julio Maldonado, ‘Maldini’: “De la Naranja Mecánica a la Mano de Dios”. Editorial Planeta, 2006



Doce años después del último Mundial disputado, y cinco desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el mundo se volvía a enfrentar con un balón de por medio. Brasil, cada vez más cercano a su calificativo de la tierra del fútbol, organizó el evento confiado en poder concretar las habilidades de sus jugadores con el título. Por vez primera, Inglaterra se disponía a discutir su supuesta hegemonía en el juego como inventora.

Un pájaro bautizó la historia de las historias

Doce años habían pasado desde el Mundial de Francia y, cinco más tarde desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, el mundo aún estaba recuperándose del conflicto más sanguinario de su historia.

El brillante juego que deslumbró en 1938 le había dado un gran empujón a Brasil, que a pasos agigantados se ganaba ser el país del fútbol. El congreso de la FIFA de Londres, celebrado allí aprovechando los Juegos Olímpicos, designó a los brasileños como los organizadores del Mundial. La joya que construyeron la llamaron Estadio Municipal, pero la presencia de abundantes pájaros que respondían al nombre de Maracaná le dio su verdadero nombre. 464.940 toneladas de cemento, 1.275 metros cúbicos de arena, 3.933 metros cúbicos de piedra, 10.597.661 kilogramos de hierro, 55.250 metros cúbicos de madera y la extracción de 50.000 metros cúbicos de tierra para nivelar el suelo fueron necesarios para parir el mayor estadio del mundo. En esta inmensa circunferencia, a modo de circo romano y capacidad para 150.000 espectadores, tendría lugar la gesta más histórica que jamás se haya dado en el fútbol: “el Maracanazo”.

Aviones, un barco y el mundo de los zapatos

La industria aeronáutica se desarrolló al ritmo que le impusieron las necesidades de la Segunda Guerra Mundial. Los vuelos transatlánticos se habían consolidado y la mayoría de los participantes se desplazaron en avión hasta Brasil. Sólo Italia optó por viajar en barco por la conmoción y el pánico que suscitaba la tragedia de Superga de 1949,en la que fallecieron dieciocho jugadores del Torino, considerado, por entonces, el mejor equipo del mundo. Inglaterra, por fin, decidió acudir a un Mundial para saber si la inventora del juego suponía ostentar su supremacía. Argentina renunció por sus desavenencias con la Confederación Brasileña de Fútbol y la FIFA impidió participar a la India porque sus jugadores jugaban descalzos. El fútbol ya era también un muestrario de zapatos que enseñaba las diferencias entre el primer y el tercer mundo.

El gol de Zarra y el conflicto diplomático

La voz de Matías Prats inundó las radios españolas. El NO-DO fue el difusor del gol más importante de la historia del fútbol español. El tanto a Inglaterra de Zarra fue aprovechado por el franquismo para resaltar los valores de la españolía. Las palabras del presidente de la Federación Española de Fútbol al término del encuentro crearon un conflicto diplomático con los ingleses: “Excelencia, hemos vencido a la pérfida Albión”. Mientras, en Munguía, el pueblo de Zarra, su padre mantenía la calma. Sus amigos fueron a la estación de tren donde vendía billetes y le comunicaron el triunfo y el gol de su hijo: “¿Con que Telmo?”, fue su respuesta y siguió impávido a su trabajo.

La rodilla intimidatoria de Máspoli

Antes del partido con Inglaterra, España se enfrentó a Uruguay. A Máspoli, el portero uruguayo, le habían calentado los cascos con la fama de Zarra, por lo que salió mentalizado para neutralizarle a la mínima que pudiera: “Me habían hablado tanto que apenas entró en el área a recibir. Ahora me cabecea y gol. Salté y me hice con la pelota, en el segundo balón colgado ya fui más seguro y en el tercero me salió la sangre charrúa: Vi el centro y salí con la rodilla por delante. Se la clavé en los riñones. Ya no hubo Zarra en todo el partido”.

Campeones del mundo sin jugar

Brasil había maravillado ante Suecia (7-1) y España (6-1), en el partido que el seleccionador brasileño definió como “el mejor encuentro que una selección brasileña ha disputado y disputará en Maracaná”. La euforia desbordaba a todo el pueblo brasileño. El director de ‘O Mundo’ decidió titular un reportaje gráfico el día antes de la final con los jugadores brasileños de la siguiente manera: “Éstos son los campeones del mundo”. Cuentan que los jugadores uruguayos llevaron los ejemplares a los baños del hotel y descargaron sus necesidades fisiológicas sobre esta portada. “Toda la euforia previa fue lo peor que nos pudo pasar porque levantó a los uruguayos”, se lamentaba años después Zizinho.

Relojes, cine y política

Todo Brasil confiaba en la victoria y el carro de los ganadores se quedaba ya pequeño antes de salir a jugar. “El día 14 todos los jugadores fuimos obsequiados con pases gratuitos para una sala de cine por cinco años. En el pase ponía: A los campeones del mundo de 1950”, recordaba Ademir. En su biografía, Zizinho también recordaba que les habían prometido relojes de oro por ganar la final.

La política también tomó posiciones, y lo hizo nada menos que la mañana antes de la final. Cristiano Machado, candidato a la presidencia de Brasil, interrumpió el inicio del almuerzo para hacerles escuchar su programa a los jugadores. Cuando volvieron a las mesas pareció Adhemar de Barros, un hombre del presidente Getulio Vargas, que se había enterado de a maniobra de su rival y no dudó en mandar a uno de los suyos para arengar a los jugadores y de paso dejar su mensaje político. Los jugadores no pudieron comer en el comedor del estadio de Sao Januario y tuvieron que salir hacia Maracaná en ayunas. Allí ingirieron unos sándwiches y no pudieron dormir la siesta con tranquilidad. La seguridad en la victoria había hecho olvidar las necesidades básicas de los jugadores.

La fiesta y Varela

Más de 200.000 espectadores abarrotaban Maracaná, que prestó su diseño de circo romano aguardando que los uruguayos se derrumbaran al olor de las camisetas brasileñas como los cristianos lo hacían con el de las fieras.

A los brasileños ya les valía el empate y cuando Friaça hizo el gol, Maracaná adelantó el carnaval a julio. En ese momento surgió el mito más grande de la historia del juego en lo referente al manejo de un partido desde la psicología: Obdulio Valera. Antes de la final ya había dado muestras en el hotel Paysandú, cuando el embajador uruguayo les dijo que si no encajaban más de cuatro goles habían cumplido, que no había que manchar el espectáculo haciendo faltas. Cuando el embajador se fue, Varela, en su condición de capitán, reunió a los jugadores y habló: “Ahora vamos a jugar como hombres. Afuera están los dirigentes y el público, pero en el campo ellos son once y nosotros también”.

Volviendo al gol de Fiaça y lo que aconteció después, cuando cogió la pelota, se la puso bajo el brazo y se fue a protestar al juez de línea, diciéndole que tenía la bandera levantada antes del gol, el propio Obdulio Varela lo contaba en una de las pocas entrevistas que concedió tras el Maracanazo: “Lo vi todo y el línea la bandera levantada. Protesté. A esa altura, el entusiasmo de los brasileños se había vuelto en odio contra mí y estaba impidiendo la continuación d su fiesta. Ese odio afectó a los jugadores brasileños. Cuando el juego se reanudó estaban ciegos, ya no pensaban con serenidad”.

Míguez, que fue a quitarle la pelota del brazo para sacar de centro, también cuenta: “Se quedó un minuto discutiendo con todo el mundo, con el línea, con el árbitro, con los brasileños y con nosotros mismos. Él no soltaba la pelota de debajo de su brazo y me gritó: O ganamos aquí o ellos nos matan. Es una orden”.

“La actitud de Obdulio cambió el ritmo del partido”, sentencia Ghiggia.

Frank Sinatra, Juan Pablo II, Ghiggia y la victoria de la derrota

El empate de Schiaffino aún no hizo estallar el drama, que llegó con el gol de Alcides Ghiggia. Con el tiempo llegó a confesar el autor: “Apenas tres personas, con un único gesto, acallaron Maracná con 200.000 personas: Frank Sinatra, el papa Juan Pablo II y yo”. Con el pitido final, el drama fue tremendo: lágrimas, desolación, muertes por fallos cardíacos. Muchas agencias de noticias pidieron a sus corresponsales que confirmaran que el resultado que habían mandado era el correcto. Jules Rimet, que abandonó el palco cuando los brasileños aún eran campeones, tuvo dificultades para entregar la copa a los entusiasmados uruguayos. La desolación en la grada era desgarradora, pero el comportamiento de la hinchada brasileña para los campeones fue ejemplar. Así lo describió el periodista Willi Meisl: “Todos sentimos la mala suerte de Brasil al no ganar el campeonato que tanto mereció. Pero en la derrota, los brasileños elevaron su altura como pueblo hasta donde no hubiera alcanzado de haber salido victoriosos. Acaba de encontrar uno de esos raros momentos de la vida, cuando un pueblo encuentra su alma, cuando una nación se supera a sí misma. Brasil fue mejor en la derrota de lo que lo hubiera sido en la victoria”.

Una estación vacía y una condena de por vida

La derrota de Brasil generó una literatura interminable. Algunos jugadores brasileños no pudieron salir de su casa durante varios días. Bauer tomó un tren para Sao Paulo, donde se había preparado una tremenda fiesta en su honor. Cuando llegó a la estación de tren sólo estaba su novia, Friaça, camino de casa, se cruzó con unos aficionados que le increparon: “Desde el primer momento supe que aquellos insultos me perseguirían toda la vida”. Más lacónico fue Barbosa, el guardameta que encajó los dos goles más dolorosos de la historia. “En Brasil, la máxima pena por cualquier delito es de treinta años. Yo llevo cuarenta y tres pagando por uno que no cometí”, dijo en 1993 cuando le prohibieron el paso a una concentración de Brasil por gafe. Pagó su pena trabajando, hasta su muerte, como cuidador del césped de Maracaná.

La noche de Varela

“Los dirigentes se fueron a un hotel y querían tenernos encerrados. ¡Por favor! Con Matucho (Figoli, el masajista) nos quedamos dueños de todo y empezamos a tomar vino. Y otra botella, y otra botella. Después salimos a caminar y fuimos a la cervecería de un amigo. En eso que llegaron unos aficionados brasileños con banderines y empezaron a hablar con el dueño del bar. Le decían “¡Qué jugador, ese Varela!”, y él les dijo: “Ese que tiene ahí, en la barra, es Obdulio Varela”. Se pusieron a llorar los bahianos. “Me invitaron a salir con ellos a tomar whisky. Le dije a Matucho: Me voy con ellos para que no digan que tengo miedo, pero lo mismo me tiran al río”. Llegué a las siete de la mañana al hotel, le pedí dinero al presidente y me fui otra vez a la cervecería a pagar lo que debía. Me bebí otra botella de whisky”. Cuenta que en su deambular por Río de Janeiro con aquellos hinchas entregados a su juego y a su personalidad, Varela se arrepintió de haberles ganado.


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