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Luis Cardeña Gálvez
14/01/2010
URUGUAY 1930.
 
Foto ilustrativa del artículo
 

URUGUAY 1930


Julio Maldonado, ‘Maldini’: “De la Naranja Mecánica a la Mano de Dios”. Editorial Planeta, 2006



Veinticuatro años después de su nacimiento, la FIFA, encabezada por su presidente Jules Rimet, veía cómo fructificaba el sueño tantos años perseguido: la celebración de un campeonato mundial de selecciones nacionales. Uruguay, doble campeona olímpica, 1924 y 1928, fue escogida sede por la fuerza de sus dos medallas de oro. La supremacía del fútbol, por vez primera, se iba a dilucidar en una competición calificada de mundial, aunque los inventores, los ingleses, no participaron.

La sede

La sede del primer Mundial de Fútbol se decidió en Barcelona en el congreso de la FIFA celebrado los días 18 y 19 de mayo de 1929. Veinticinco años, desde 1905, había estado la FIFA intentando dar luz al proyecto de un mundial de selecciones. El peso de Uruguay como campeón olímpico de 1924 y 1928 fue decisivo para que fuera elegido como país organizador. Italia, España, Hungría, Holanda y Suecia compitieron por la organización, pero finalmente desistieron.

La Copa

La Copa Jules Rimet medía treinta centímetros y contenía casi dos kilos de oro macizo sobre una peana de piedras semipreciosas. Fue acabada por el escultor francés Abel Lafleur en 1929 y representaba a la Diosa de la Victoria: una mujer alada llevando un vaso octogonal hacia el cielo cogido por sus manos. “No era mi intención utilizar el oro como símbolo de ostentación, sino que el Mundial debía ser la manifestación deportiva más importante y el oro era el material más indicado”, escribió Jules Rimet, presidente de la FIFA, en su libro ‘La Copa del Mundo’.

Los participantes

Uruguay, Argentina, México, Perú, Bolivia, Chile, Brasil, Estados Unidos, Francia, Bélgica, Rumania, Yugoslavia y Paraguay fueron los trece equipos participantes en el Mundial. Inglaterra no quiso participar al menospreciar el torneo por no ser designada como sede. España desistió por lo que suponía a los clubes estar dos meses sin jugadores y por la larga travesía del viaje. Italia renunció, entre otras cosas, por motivos políticos.

El ‘Conte Verde’ y la amante real de Rumania

El ‘Conte Verde’, un buque de placer, fue el elegido para la travesía atlántica que llevaría hasta Montevideo a todas las selecciones europeas menos Yogoslavia. Partió de Génova con la delegación de Rumania. La selección rumana tuvo problemas para participar porque la mayoría de sus trabajadores pertenecían a las empresas petrolíferas inglesas que explotaban los ricos yacimientos de Ploesti y no les daban permiso para ausentarse durante tres meses. Se cuenta que su participación se debe a la intermediación de la amante del rey Carol, Magda Lupescu, que fue visitada por algunos jugadores rumanos para que invitara al monarca a tomar cartas en el asunto. “Que renuncien a su cargo si quieren hacer deporte”, dijo uno de los patrones ingleses de las compañías del petróleo. Finalmente, el rey Carol pagó todo de su bolsillo. El 21 de junio, en el puerto de Barcelona, embarcaron Bélgica y Jules Rimet. Francia lo hizo en Villefranche-sur-Mer y Yugoslavia viajó en el ‘Florida’, un barco correo. El 5 de julio desembarcaron en Montevideo, previo paso por Río de Janeiro y Buenos Aires para recoger a brasileños y argentinos.

La rivalidad encalló en la niebla del Río de la Plata

Uruguayos y argentinos ya acumulaban varias muescas revanchistas después de algunas batallas en los años anteriores. Uruguay era campeón del mundo oficioso por su dominio en los Juegos Olímpicos, por lo que la final pasó a ser una cuestión de estados y de gradas encendidas. Aún se recordaba el puñetazo de Luisito Monti al charrúa Fernández en la final del campeonato sudamericano de 1929. Treinta mil argentinos se embarcaron rumbo a Montevideo para presenciar el encuentro. Sin embargo, la niebla impidió que la mitad de argentinos desplazados pudieran llegar a tiempo al estadio Centenario. Muchos se enteraron del resultado sin poner pie a tierra, mientras que en la avenida del Dos de Mayo de Buenos Aires hubo que cortar el tráfico porque la muchedumbre se dio cita allí para seguir las incidencias de la final por la radio. Los que lograron desembarcar fueron cacheados por la policía uruguaya para evitar que portaran armas de fuego o blancas.

Una pelota para cada tiempo

Nadie se fiaba de nadie, por lo que uruguayos y argentinos querían jugar cada uno con su propio balón. La FIFA determinó que cada tiempo se jugara con una pelota. La primera mitad se disputó con el esférico uruguayo y los visitantes terminaron el primer tiempo como vencedores (1-2). El segundo tiempo se jugó con el balón argentino, importado desde Inglaterra, y Uruguay se proclamó primer país vencedor de la Copa del Mundo (4-2).

El miedo de Monti

Argentina llegó a la conclusión de la primera mitad con ventaja, pero en el vestuario retumbaban los llantos del centrocampista Luis Monti. Antes de la final había recibido anónimos con amenazas de muerte dirigidas a él y a su madre si Argentina ganaba. Monti no quería salir a jugar el segundo tiempo, pero al final tuvo que acceder a continuar. “Si un uruguayo se caía, él lo levantaba. Monti no debió jugar aquella final, estaba muerto de miedo”, reconoció su compañero Pancho Varallo, otro que no debió jugar por lesión. Monti, además del árbitro, fue el gran responsable de la derrota a ojos de los argentinos; le acusaron de maricón y miedoso. Tal fue el linchamiento público, que la revista argentina ‘El Gráfico’ tuvo que salir en su defensa: “Ahora los hay que se quejan contra Monti. Y lo curioso es que se quejan porque se comportó caballerosamente. Lo pidieron que no golpeara y no golpeó. Si de ello dependió su fracaso, él cumplió con su defensor. Siempre hemos dicho que Monti basa mucho su conocida eficiencia en su juego violento. Si durante todo el año protestamos contra el ‘centre half’ de San Lorenzo diciendo que debe reprimir sus naturales impulsos, ¿por qué vamos a recriminarlo cuando juega correctamente?”

Las amenazas llegaban de Italia

Con el tiempo se supo que los anónimos de muerte que recibió Monti fueron obra de Mussolini. El Duce quería asegurarse de que Italia, como país organizador, ganaría el Mundial de 1934 y quería contar con Monti en sus filas. Si lograba que Monti quedara como el culpable de la derrota argentina, éste pondría menos reparos para acceder a la nacionalidad italiana y defender la ‘azzurra’ cuatro años mas tarde. Allí mandó a dos espías, Marco Scaglia y Luciano Beneti, que fueron los encargados de mandarle las intimidatorias misivas. Éstas fueron sus palabras poco antes del comienzo de la final: “dentro de noventa minutos sabremos si tendremos que matarlo a él, a su madre u ofrecerle mucho dinero para que defienda a Italia en el próximo Mundial”. Apaleado por los argentinos, Monti resumió así su decisión de jugar para los italianos cuatro años más tarde: “Fue maravilloso, todos los argentinos me habían hecho sentir una porquería, un gusano, tildándome de cobarde y echándome la culpa exclusivamente de la derrota ante los uruguayos. Y de pronto me encontraba ante dos personas venidas del extranjero a ofrecerme una fortuna por jugar al fútbol”.

Varallo, otro que no debió jugar la final

Como ya ha quedado dicho, nadie se fiaba de nadie. Pancho Varallo era seria duda para la final, pero los argentinos no había incluido en su expedición un médico, por lo que no siguieron las indicaciones del galeno charrúa Campístegui, que aconsejaba que no jugara. Los dirigentes argentinos le sometieron a una prueba en la que tuvo que golpear la pared con su pie dañado y ensayar disparos a puerta. Varallo apenas podía andar, pero le obligaron a jugar. A los pocos minutos de iniciarse la final tuvo que abandonar el campo.

El poderoso muñón del Manco Castro

El Manco Castro era el delantero centro de la selección uruguaya. Le llamaban el Manco porque su brazo derecho terminaba en un muñón, fruto de un accidente laboral. Los defensas le temían, porque tenía por costumbre clavar el muñón con fuerza en las costillas de los contrarios o donde él pensara que podía hacer daño. Víctima de su muñón de hierro fue el portero argentino Botasso, al que se lo clavó en el mundo creándole una parálisis que le dejó sólo con una pierna para impulsarse con garantías.

Gardel no vio la final y un Stradivarius como arma de ataque

Los orígenes de Carlos Gardel siempre fueron motivo de discusión entre argentinos y uruguayos. En las dos tierras le querían y le hicieron suyo, por lo que Gardel optó por no acudir a la final para no ponerse de parte de ninguno de los dos. Más tarde organizó en París un encuentro entre futbolistas de uno y otro país, pero los ánimos seguían encendidos entre los jugadores de ambas selecciones. Así que hubo trifulca en mitad de la fiesta, que acabó con un valioso violín Stradivarius estampado en la cabeza de Leandro Andrade. El argentino Orsi, que lógicamente no sabía tocarlo, fue el que le dio utilidad bélica a tan valiosa pieza.

Pedradas en la embajada uruguaya

Los ataques sufridos por los hinchas argentinos que se desplazaron a Uruguay y la parcial actuación del colegiado, según los derrotados, acabaron en un conflicto diplomático. La embajada uruguaya en Buenos Aires fue apedreada nada más terminar la final y los titulares de los periódicos argentinos al día siguiente rezaban así: “El árbitro jugó para los uruguayos”, “Es inminente la ruptura de relaciones con la Asociación Uruguaya de Fútbol”, “Allá en Montevideo, de cualquier modo, debían ganar los uruguayos y ganaron”, “Las vejaciones sufridas por nuestros jugadores en el trayecto hacia el hotel no tiene precedentes”, “Hubo que comprar muletas para toda la selección”.

Perder la gloria por una rubia

Los dirigentes uruguayos impusieron una férrea disciplina a la selección uruguaya. Como doble campeón olímpico y país organizador, el fracaso no tenía cabida, y menos por motivos de indisciplina. Mazzalli, el guardameta de los oros olímpicos de 1924 y 1928, era una de las estrellas del combinado celeste y un sex-symbol de la época. Además era campeón sudamericano de los 400 metros vallas y campeón nacional de baloncesto con el equipo de Nacional de Montevideo. Estaba destinado a la gloria, hasta que no pudo evitar abandonar la concentración por motivos carnales. Abajo le esperaba una rubia despampanante con un flamante deportivo que se perdió camino de una noche de desenfreno, como él se perdió un Mundial y la gloria de ser campeón del mundo cuando los dirigentes uruguayos se enteraron de su desliz. Mazzalli fue expulsado de la selección entre lágrimas de sus compañeros, que hicieron todo lo posible por evitar que las curvas de aquella rubia se convirtieran en el camino más recto de su vuelta a casa.


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