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Luis Cardeña Gálvez
7/01/2010
SOBRE EL MUNDIAL.
 
 

SOBRE EL MUNDIAL

Miguel Delibes: “El otro fútbol”. Ediciones Destino, 1982



Aunque nadie dijo aquí, en España, que yo sepa, que no quería fútbol, los organizadores, contraviniendo la filosofía del refrán, nos han dado taza y media. Demasiado fútbol y, en consecuencia, fútbol mediocre. Los responsables entendieron que si un Mundial era, de por sí, un espectáculo, trayendo veinticuatro equipos en lugar de dieciséis, el espectáculo se estiraba, se hacía más grande y suculento. Error de base porque, de este modo, lo que la competición ganó en extensión lo perdió en intensidad. Yo creo que una fase final de un torneo mundial, debe dar calidad, está obligada a dar bueno antes que mucho. En consecuencia, los participantes deben llegar a ella más cribados tras una exigente y estrecha selección previa. Los organizadores y sus portavoces se apresuran a decir ahora que el de España ha sido el mejor Mundial de cuantos se han jugado. Yo, con la mano en el corazón, lo dudo mucho. Este Mundial, hasta sus últimos encuentros –y no todos- ha sido un torneo de juego conservador, medroso, sórdido, donde apenas algún equipo, como el de Brasil, ha dado la cara desde el primer momento.

La rebelión de los modestos, de la que se habló hasta la saciedad durante los primeros días, no deja de ser una ilusión. Exceptuando Argelia y Camerún en el aspecto defensivo, no hubo, a mi entender, ni rebeliones ni sorpresas. Para mí, la sorpresa, en el caso de Honduras por ejemplo, no deriva del hecho de que el conjunto americano fuese bueno sino de que el de España fuese tan malo que no acertase a romper su cerrojo más que merced a un penalti condescendiente. Algo semejante aconteció a la selección checa frente a Kuwait. Checoslovaquia, lenta y torpe de ideas, no tuvo inspiración para desbaratar la robusta defensa de los kuwaitíes. Lo cierto es que unos y otros, como El Salvador y Nueva Zelanda llegaron a España a exhibir, con su buena preparación física, un fútbol primitivo. Nada más. Estos conjuntos podrán llegar a ser algo con el tiempo pero, de momento, no lo son; saltan mucho, corren sin parar, van a por todas, pero construyen un fútbol ingenuo, elemental, inoperante. Su oposición a un contrario de superior categoría no fue nunca brillante, sino incómoda, dura, correosa, amontonada, entusiasta. Salvo Argelia, repito, y Camerún en un orden exclusivamente defensivo, no hubo descubrimientos en esta primera fase del Mundial 82 sino, por el contrario, un descenso inquietante del nivel futbolístico. Hay que tener en cuenta que el tono de una confrontación deportiva no lo marca el promedio de calidad de los dos contendientes, sino el del equipo más bajo, el de calidad inferior. Y como hoy, según vengo sosteniendo desde hace tiempo, no se trata tanto de jugar como de no dejar jugar, es obvio que el equipo que menos deja jugar es el que no sabe jugar. El equipo experimentado que aspira a no dejar jugar, lo hace mediante una técnica destructiva, digamos mediante una contratécnica, mientras el modesto, el primitivo, lo hace al buen tuntún, a la buena de Dios, mediante reacciones insospechadas y nada desconcierta tanto a un equipo de cierta calidad como que su oponente no responda a sus intuiciones, esto es, haga lo que menos esperábamos que hiciese.

De modo que la primera fase, salvo Rusia-Brasil, Argentina-Hungría, Polonia-Perú, y, tal vez, algún otro encuentro, fue una auténtica tabarra. Se hizo un fútbol de oposición, obstructivo, generalmente guiado por la aspiración miserable del cero-cero. Porque otra de las lecciones que pueden extraerse de este Mundial español es que el sistema de puntos no es el más adecuado para hacer de una competición de esta naturaleza el espectáculo vivo, vibrante y atractivo que debe ser. La actitud de las selecciones en la fase inicial, fue tan pasiva y conservadora que aburrió a las ovejas. Las técnicas destructivas, que están matando al fútbol, fueron tan extremadas que con notable frecuencia vimos a dos equipos empecinados en jugar al contraataque renunciando al centro del campo que se les brindaba en bandeja. Eso, como disposición previa, antes de conocer las intenciones del rival, no deja de ser risible. Para jugar al contraataque es preciso que el otro ataque, es decir, nos brinde esa oportunidad. Sin ataque, esto es obvio, no puede haber contraataque, entonces se ha dado el caso, reiteradamente en este Mundial, de que dos selecciones salten al campo con esta disposición y, encastillados en sus posiciones de origen, se limiten a un peloteo insulso en el terreno de nadie con unas remotísimas posibilidades de gol. Los empates a cero o aun tanto han menudeado. Italia que, andando el tiempo, iba a erigirse en campeona del mundo, no pudo con Polonia en la primera fase; ninguna de las dos selecciones marcó un gol. En cambio, días más tarde, cuando la victoria se hizo inexcusable para seguir adelante y volvieron a enfrentarse en semifinales, las tácticas no pudieron ser las mismas y el choque tuvo un carácter muy distinto.

De esto deducimos que la FIFA –aunque el negocio pueda ser, medido en dinero, menos rentable- debería meditar a la hora de organizar el próximo Campeonato. Menos equipos y encuentros eliminatorios, donde sea imprescindible ganar, podría ser la solución. Volver a las dieciséis selecciones y emparejarlas en unos octavos de final, a sabiendas de que únicamente los vencedores pasarán a los cuartos, imprimiría al torneo un ardor, una pasión, una espectacularidad de que, salvo en los últimos partidos, ha carecido el que acaba de celebrarse.

Por lo demás, la victoria de Italia sólo hasta cierto punto puede considerarse una sorpresa. Italia es la reina de la oposición, del cerrojo, del fútbol destructor, esto es, del fútbol que se lleva hoy día, lo que quiere decir que su triunfo responde a una lógica elemental. Pero si Italia se hubiera quedado ahí, en el antifútbol, en la defensa a ultranza, no hubiera llegado a donde ha llegado. Italia ha reaccionado a tiempo. De su habilidad rematadora ya hablé, hace un par de años, con ocasión de la Eurocopa. Entonces y ahora, Italia no se prodiga en el tiro, pero tira bien: rápido, duro, por sorpresa, colocado. Así, con cuatro o cinco oportunidades –no más- en cada partido, de las que sabiamente aprovecharon en cada ocasión dos o tres, pusieron fuera de combate a argentinos, brasileños, polacos y alemanes, es decir, la plana mayor del fútbol mundial. Su triunfo, pues, no ha sido un triunfo casual. Porque desde 1980 a nuestros día, Italia ha aprendido mucho, ha adoptado un esquema de juego peculiar, apto para enfrentarse con cualquiera, acorde con su condición física. No sólo se cierra bien –en una defensa total, no exenta de dureza y marrullerías punibles como en el caso de Gentile con Maradona- y dispara con eficacia, sino que su fútbol de contraataque se ha hecho profundo y vertiginoso, lo que le permite alcanzar el área contraria y hallar el hueco, antes que su rival consiga replegarse y cerrar filas. Con este bagaje y una garra extraordinaria, los italianos se alzaron con el triunfo y dejaron en la cuneta a los aspirantes más calificados al título.

¿Qué Italia no realizó el mejor fútbol del Mundial? Eso por descontado. El esplendor, la brillantez y, en todo caso, el espectáculo, corrió a cargo del Brasil y, en ocasiones, de Francia y hasta de Polonia. Italia trenzó un fútbol rápido, eficaz y práctico; Brasil, vistoso, festivo, alegre, musical, tonificante. Brasil ha acertado a conjugar la fuerza y la filigrana, el malabarismo y la velocidad. Su fútbol es una fiesta. Para Brasil no rige ese socorrido principio de “sudar la camiseta”. Su juego es eso, puro juego, un ejercicio de destreza, lúdico, simple y, sobre todo, asociado, todo lo contrario del fútbol laborioso, aplicado, destajista que se le ha opuesto. Los cariocas constituyen un mundo aparte. Mientras Brasil juega, los demás trabajan.

El garbanzo negro, en esta ocasión, fue España. Nunca vimos a nuestra selección tan indefensa, y clorótica, tan horra de imaginación, tan agarrotada. Parece una broma la afirmación del señor Santamaría de que la actuación de sus muchachos ha sido honrosa puesto que cayeron al mismo tiempo que Brasil y la Argentina. Lo que hay que preguntarse no es cuando cayeron sino cómo. En rigor, nuestra selección no pasó a la segunda fase; la pasaron. Los árbitros, como viene siendo norma en estas competiciones, con objeto de mantener en ellas la temperatura propicia, hicieron lo posible –y hasta lo imposible- por empujarnos, por sacar adelante a nuestra Selección. Y lo consiguieron. Pero España, tanto en la primera fase como en la segunda, dio la impresión de ser un cuadro juvenil, inexperto, ante aguerridas agrupaciones profesionales de adultos. En una ocasión dije que la psicología poco tiene que ver con el fútbol y, en cierto modo, debo rectificar, puesto que me temo que la prolongada y cenobítica concentración a que han estado sometidos los seleccionados, ha sido contraproducente. Antes de comenzar el torneo, el señor Santamaría nos aseguraba que los muchachos estaban “mentalizados” pero, como se vio en seguida, lo que estaban era obsesionados. Después de mes y medio de aislamiento, pizarras, vídeos, conminaciones y discursos con una única idea –hacerlos depositarios del honor nacional- los chicos saltaron al campo el primer día atenazados, y atenazados siguieron hasta su eliminación. Yo, con el mayor respeto hacia los seleccionadores y preparadores físicos, debo decir que no creo que éste sea el camino adecuado. Irlanda y Nueva Zelanda, que vinieron aquí sin tantas precauciones, que hicieron compatibles alegremente la disciplina y el turismo, mostraron una excelente preparación física, jugaron lo que sabían, dieron la talla y se acabó. Todo lo demás es olvidarse de que el jugador de fútbol tiene veinte años. Y si un muchacho a los veinte años no puede estar un rato con su mujer o tomarse una copa con los amigos dos días antes de un partido decisivo, lo mejor es que se dedique a otra cosa. Total, que la reclusión, el martilleo de consignas, el lavado de cerebro, convirtieron a nuestra muchachada en una triste caricatura de equipo. Chelato Uclés, el simpático seleccionador hondureño, acertó con el término adecuado cuando afirmó por televisión que el “seleccionado” español saltaba al terreno de juego “apuradito”. “Apuradito” es un vocablo que, en los países sudamericanos encierra unas connotaciones inequívocas: apremiado, nervioso, crispado, encogido, medroso… Convengamos, pues, que las concentraciones deben ser más flexibles y abiertas si queremos que resulten eficaces. Esto aparte, el conjunto español dio poco porque no dispone de mucho que ofrecer. Sus viejos defectos, sus defectos crónicos, se hicieron ostensibles frente a todos pero, especialmente, frente a los más débiles; la combinación en corto, horizontal, sin finalidad alguna; el pase vendido; la debilidad física y la falta de remate nos pusieron al borde del KO ante hondureños y yugoslavos pese a la tutela de los jueces. En un punto discrepo de los expertos: frente a Honduras e Irlanda no faltó imaginación para pasar el balón al pasillo, al hueco, por la sencilla razón de que con once jugadores en el área no había pasillos, ni huecos donde pasarlo, como no los había en el área de la URSS en la segunda parte de su partido contra Brasil. ¿Qué hacer, entonces? Sencillamente lo que Eder y Sócrates hicieron en tales circunstancias: tirar duro desde fuera del área, haciendo inútil el bloqueo.

-Pero es que no sabemos hacerlo nosotros, oiga.

Ahí duele. Nuestra Selección, entre otras cosas, no sabe tirar a gol, lo dije hace mucho tiempo. Y sin tirar a gol es muy difícil hacer goles. Pero nadie ha intentado remediar este grave defecto –uno entre tantos- que yo sepa. Así, nuestra Selección ha salido una y otra vez a ver qué pasa, sin una idea preconcebida, sin una fórmula de juego. Y lo que pasa ya lo hemos visto: no sólo no podemos ganar sino, ni tan siquiera, construir un fútbol aceptable. Este Mundial 82, tan triste para nosotros, podría ser el punto de partida para intentar remediar las cosas. Italia y Francia, que no nos pillan tan lejos, pueden se buenos espejos donde mirarnos.

Julio de 1982


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