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Redacción
25/08/2006
HORMIGAS Y PULGONES (COULOUSCOU).
 
 

Érase una vez un cenagal en el que habitaban un gran número de especies de animales, insectos y bichos de diversos tamaños. Algunos de estos grupos llevaban allí muchos años y otros, no tanto. Entre éstos, destacaba una humilde familia de hormigas que, en su camino hacia tierras más gratas para su forma de vida, fue sorprendida por una tormenta y, ante el gran número de bajas sufridas, se vio obligada a acomodarse en la ciénaga, un lugar peligroso y húmedo.

Cerca de allí, en otra zona del cenagal, vivía un voluntarioso grupo de pulgones, bajo las órdenes de un sapo que un mal día pasó por allí, le gustó el lugar y decidió instalarse en un agujero, junto al barrio de los pulgones. Este tipo, que se hacía llamar “sapo-cacholo”, era un personaje despótico, maleducado y marrullero sin escrúpulos que, a cambio de dar protección a los pulgones, se adueñó de las propiedades y voluntad de éstos.

Tanto las hormiguitas como los pulgones, sabían que al otro lado de la ciénaga había un hermoso pinar, lleno de la más bella vegetación, en la que convivían otras especies en perfecta armonía.; un lugar donde algunas generaciones anteriores de hormiguitas ya habitaron y que se había convertido en el objetivo de nuestras pequeñas amigas.

Cada día, al amanecer, la familia de hormigas, compuesta por no mas de ochocientos miembros, emprendía un duro camino, bordeando la ciénaga para, portando cada una su granito de arena, viajar hasta el otro lado donde se habían propuesto construir su nuevo hogar. Al llegar a la entrada del pinar, pedían permiso respetuosamente al vigilante, que solía ser un ciempiés, quién ya las conocía y las invitaba a entrar amablemente. Después, largo camino hasta el lugar más seco y seguro para depositar los granos más consistentes encontrados en la ciénaga, y que servirían para día a día ir dando forma a su futuro hogar. En su largo trayecto, atravesaban las zonas habitadas por la distintas especies (escarabajos, mariposas, saltamontes, gusanos, lagartos, arañas…) y en todas ellas, las hormiguitas eran saludadas con respeto y admiración. Una vez realizado su trabajo, tras diez minutos de descanso, regresaban al cenagal. Y así meses, incluso años.

Los pulgones se sentían más o menos a gusto en el lugar donde vivían pero, viendo lo que las hormigas estaban haciendo sintieron envidia y pensaron en hacer lo mismo. Bueno, en realidad ya lo habían intentado en alguna ocasión, pero al ser menos organizados y hacendosos que las hormigas, habían fracasado y no les gustaba la idea de pasar años intentándolo de nuevo. Los pulgones se pasaban el día sirviendo al sapo-cacholo, procurándole comida, aseándole y divirtiéndole. El sapo-cacholo no hacía más que comer, eructar y defecar… y de la mierda que expelía se alimentaban los pulgones.

Una tarde, después de la siesta, un pequeño grupo de pulgones le habló al sapo-cacholo del fantástico pinar del otro lado de la ciénaga y de sus aspiraciones de vivir allí. Y el sapo pensó que quizás no fuese mala idea ayudar a los pulgones en su proyecto y, al tiempo, tener la oportunidad de codearse con jefes de su condición y animalillos de mejor pelaje. Entonces, el sapo-cacholo, en un arrebato de enorme generosidad le dijo a los pulgones: “no os preocupéis; yo os llevaré hasta allí y os proporcionaré una nueva casa. Precisamente tengo allí una vieja amiga. Dejadme que arregle unos asuntillos pendientes y en unos días volveré.” Lo de la amiga era mentira. El sapo-cacholo no tenía amigos y si en algo se caracterizaba no era precisamente por decir la verdad.

El sapo-cacholo emprendió camino hacia el pinar cruzando la ciénaga; en su travesía iba contando a quien se encontraba que se había comprado un chalecito al otro lado y que se mudaba. Era un tipo conocido por su chabacanería, adornada con una gran dosis de arrogancia. En un par de horas sapo-cacholo llegó al poblado del pinar, sobornó al ciempiés de la entrada con cincuenta pares de zapatos nuevos y se dispuso a buscar el sitio apropiado. Después de mucho deambular, llegó a una construcción de cigarras. El lugar estaba bastante sucio y olía mal, aunque el sapo ya estaba acostumbrado a ello. El aspecto del sitio era debido a que las cigarras habían sufrido una epidemia y muchas de ellas habían muerto. Allí, fue acompañado a la presencia de la cigarra-guerrera, dueña y ama de la comunidad de cigarras, quién le habló a sapo-cacholo acerca de la desgracia que se había cernido sobre su pueblo. El sapo-cacholo le ofreció su ayuda a cambio de cobijo. “Aquí sobra espacio para los pulgones, puede ser un buen lugar para vivir. Con un poco de inversión y el trabajo de limpieza del que se encargarían mis amiguitos, ya tenemos casa” pensó.

El sapo-cacholo, lejos de ayudar a las cigarras, se dedicaba a visitar los distintos barrios del poblado, conociendo a los jefes de cada uno de ellos: “gente más acorde con mi condición” se dijo. Muy pronto se fue ganando la antipatía de todos por su chulería y garrulería, rayando lo soez que, dejando bien a las claras que, a pesar de su empeño, aquel no era su sitio. Y mientras, por la noches, se dedicaba a comerse las cigarras muertas o enfermas, sin el más mínimo escrúpulo; hasta que acabó con toda la colonia de cigarras, apoderándose de la hacienda. “Plan-B”, pensó.

En su camino de vuelta a la ciénaga divisó a lo lejos a la familia de hormiguitas que seguía afanada en su labor… “qué pena me dan, tanto trabajar para nada” se dijo mientras soltaba una carcajada.

Cuando las hormigas vieron el lugar que habían ocupado las cigarras, preguntaron al jefe del pinar, que curiosamente era un oso hormiguero, si podían ocupar ese lugar temporalmente. El oso hormiguero les negó tal posibilidad, sabiendo que el sapo-cacholo se había apoderado de la vivienda y no quería ningún tipo de enfrentamiento conociendo su reputación. Las hormiguitas continuaron con su laboriosa tarea, “quién sabe si algún día…”.

Un mes después el sapo-cacholo convocó a todos los pulgones y les dijo: “ya esta todo solucionado; mi buena amiga la cigarra-guerrera me ha cedido gentilmente una vivienda dónde podremos vivir todos nosotros”. Los pulgones lo celebraron con champagne francés y, a la mañana siguiente, todos ellos a lomos del sapo-cacholo, emprendieron viaje.

Una vez en su destino, los pulgones no salían de su asombro; aquello era mucho más de lo que habrían podido imaginar. Bajo las órdenes de sapo-cacholo, que ahora era más jefe que nunca, los pulgones se afanaban por mantener en orden aquel enorme palacio, intentando adecuarlo a su tamaño y necesidades, al tiempo de atender los requerimientos de su benefactor.

Y llegaron los períodos más duros, los de lluvia y frío, aquellos en que cada especie procuraba su sustento como podía, y el palacio de los pulgones se convirtió en lugar propicio para “sacar tajada”. Los pobladores del pinar observaban siempre un código de conducta respetuoso con las demás especies, pero el sapo-cacholo y sus pulgones se ganaron la antipatía de todos y que, por lo desdeñoso de sus modales, fueron tachados de “okupas” desde su llegada. Esto hizo que nadie dudase lo más mínimo en cubrir sus necesidades, si fuese preciso, con aquello que les había sido arrebatado a sus amigas las cigarras. Los pulgones pronto comprendieron que el sapo-cacholo no había jugado limpio y que todo aquello les venía grande. Con los trabajos que les imponía su jefe, no tenían tiempo ni fuerzas para defender “su propiedad”, mientras que a sapo-cacholo lo único que le importaba era comer, beber y codearse con los otros jefes, sin importarle lo más mínimo el futuro de los pulgones.

Con el tiempo, los otros jefes se fueron desentendiendo del sapo-cacholo. Sus malos modos, su poca elegancia y falta de respeto, fueron abriendo un hueco social entre él, los pulgones y el resto de la comunidad.

Y llegó de nuevo el buen tiempo, un nuevo ciclo habitual para los habitantes del pinar, excepto para los pulgones. Los pocos que sobrevivieron en aquella casa, que les quedaba enorme, emprendieron regreso a la ciénaga, el lugar de donde salieron precipitadamente. En su viaje de regreso se cruzaron con la familia de hormigas, que habían crecido en número, y que, portando sus pertenencias se dirigían a su nueva casa del pinar, recién acabada, con la ilusión y el deseo de no volver jamás al lugar en el que tanto habían sufrido. Los pulgones les desearon suerte y todos coincidieron en el ánimo de volver a encontrarse en el pinar algún día.

Las hormigas fueron recibidas en el pinar con los honores y felicitaciones de todas las especies, ganándose el respeto por su tremendo esfuerzo y humildad.


El sapo-cacholo fue expulsado por el oso-hormiguero y volvió a la ciénaga, donde fue acogido por los pulgones bajo la promesa de no volver a mentir, trabajar por el bien de todos y respetar a las demás criaturas. ¡Ah! y cuenta la leyenda que asistió a clases particulares con un gusano-logopeda.

Colorín colorado…


Nota: Cada uno puede crearse su moraleja. Yo pienso que lo que este cuento nos enseña, es que en la vida todos debemos aprender a aceptar el lugar que nos corresponde en cada momento, adaptarse a las circunstancias y saber esperar. Intentar cambiar este hecho, pretendiendo aparentar lo que no se es, saltándose las normas o utilizando medios poco limpios, lo más probable es que le devuelva a uno, tarde o temprano, al sitio que le corresponde.

COULOUSCOU


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