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Luis Cardeña Gálvez
12/11/2020
TEMPORADA 1949/50: TOLEDO 8 – VILLENA 0.
 
 

TEMPORADA 1949/50: TOLEDO 8 – VILLENA 0


El Toledo venció rotundamente al Villena (8-0)

La línea de ataque volvió a demostrar su eficacia perforadora

Crónica realizada por Antonio de Ancos, publicada en el diario “El Alcázar” el 27 de febrero de 1950



Después del 4-1 de Ciudad Real, con el consiguiente vapuleo y reprimenda para nuestros jugadores, éstos salieron ayer a Palomarejos con ganas de sacarse la espina y de congraciarse con la afición. Y a fe que lo consiguieron, no sólo por el resultado del encuentro, sino por el entusiasmo y la fe que pusieron por conseguir el triunfo.

Un triunfo tan rotundo y tan categórico como la diferencia existente entre el Toledo y el Villena, puesta de manifiesto a lo largo de todo el partido y como puede hacer fácilmente entrever el solo anuncio del marcador con ocho goles de diferencia. El Villena no tenía ninguna culpa de la derrota del domingo, pero el pobre hubo de pagar los vidrios rotos del pasado domingo en Ciudad Real, al objeto de que el equipo local demostrara su indiscutible calidad de campeón y de que los aficionados desarrugaran el entrecejo y lanzaran al aire su mal humor.

Nuestro “once” hizo un brillantísimo partido, no sólo por el tanteo obtenido, sino por la calidad de juego demostrada a lo largo de todo el encuentro, y singularmente del primer tiempo, con la pelota a ras del suelo, el viento en contra, ligando todas las líneas y dando sensación de más acoplado conjunto. Algo de lo que hacía tiempo que no le veíamos, sostenidos, además, durante los noventa minutos de juego con un amplio afán de marcar goles, que tuvo su reflejo en los ocho conseguidos, como pudo haber sido de media docena más.

Así es como hay que jugar

Proclamamos por delante que lo de menos es el resultado. Lo de más, el que el Toledo jugara como ayer jugó durante los noventa minutos, a base de mantener una estrecha ligazón entre todas sus líneas que sirviera para que en los momentos de apuro la defensa estuviera bien sostenida, y para que en los momentos de inspiración –y ayer fueron muchos- de nuestra delantera, ésta encontrara el sólido apoyo de una retaguardia que enviaba los balones hacia delante sin que los delanteros tuvieran necesidad de agotarse.

El cuarteto mágico –medios e interiores- tenían bien templados sus instrumentos, y la melodía surgió como por encanto a base de la dirección magistral de Sanz, del bregar incansable de Rubichi, del disparo y del pase de Luengo, y de la buena entonación de Larrubia, que si no lució tanto como su compañero de línea, fue debido a que sobre él pesaba la doble misión de actuar como medio volante y en plan de socorro de Campos, quien, a decir verdad, fue ayer lo más flojo del conjunto.

Entonado ese cuarteto básico, todos los demás se mantuvieron al mismo nivel de juego y de entusiasmo, si bien hay que destacar la briosidad de Sauer, sin dejar un instante de seguir la jugada y acosando incansablemente en todo momento, como si en cada pelota que llega a sus pies o pasa por su zona hubiera la posibilidad de un gol, la inteligencia y veteranía de Florencio, artífice, aunque no autor, de más de cuatro goles servidos en bandeja a los pies o a la cabeza del compañero que se encuentra en mejor posición. Un poco más bajo Yonete, a quien a que pulirle un poco su impetuosidad juvenil y enseñarle además a no demostrar su enfado cuando le quiten una pelota. Ayer no desentonó del resto de sus compañeros e hizo además un par de cosas tan buenas como el primero, dando ocasión a que sus compañeros marcasen un par de goles a sendos pases suyos.

De los medios ya hemos dicho bastante. Fueron dos auténticos volantes: Rubichi lució algo más, porque tuvo detrás a Sanz en la defensa, y a éste no le hizo falta que le sacaran las castañas del fuego, pero Larrubia se mantuvo en un tono más que aceptable, ayudando a Campos en cuanto era preciso y lanzando bien a su ala de ataque.

En la defensa, Campos, el más flojo, Sanz, el más completo, bien colocado siempre y con una pegada propia de un defensa, Zori, menos embarullado que en otras ocasiones y marcando siempre al delantero centro enemigo.

Y aparte de estas cualidades individuales, la más sobresaliente, la armonía general del equipo. El plan de juego de conjunto, sin afán de sobresalir sobre los demás, ligando todos para todos y cediendo siempre la pelota al compañero que se encontraba en mejor posición. Así, Florencio y Yonete no marcaron, pero dieron los goles hechos, Sauer no marcó nada más que dos goles, pero dio hechos otros tantos a Sanz, y éste, otro de ellos a Luengo. En suma, que se jugó en plan de conjunto, y en ello radicó la clave de un triunfo tan rotundo y tan categórico.

El Villena

Bien es verdad también que el Villena no era un enemigo de los que saben dar guerra, pero también fue un enemigo tan pequeño como para que quedase convertido en un simple muñeco en manos del Toledo. Su mejor elemento fue el portero, a pesar de los ocho goles encajados. En la defensa, un poco sucio el central, Valera, y discretos los laterales. Poco batallones los medios. En la línea de ataque destacaron su delantero centro y el extremo izquierda. Los interiores pasan bien, pero no tiran a puerta.

De los equipos que han desfilado por Palomarejos, éste ha sido el que ha dado impresión de más flojo, si bien hay que proclamar en su honor que batallaron en todo momento con entusiasmo, sin entregarse ni un solo instante, y que a veces lució la movilidad de su línea de ataque, encajando además la derrota con la mayor deportividad.

Los goles y el arbitraje

Tres tantos en la primera parte y cinco en la segunda, todos ellos del Toledo, marcados de la siguiente manera: el primero, a los dieciséis minutos de juego, por mediación de Luengo, de un tiro con la derecha, después de una buena jugada de Rubichi y de Florencio, pasando este último a nuestro interior, que bate a Carbonell con un disparo muy colocado junto al poste. El segundo, obra del número cinco contrario en su propia meta, en una pelota retrasada por Florencio, a la que ya entraba a rematar Sauer. Y el tercero, como consecuencia de un penalti lanzado por Sanz, rechazado por el portero y rematado al final por el mismo Sanz al fondo de la red, un minuto antes de finalizar la primera parte.

Tras el descanso, a los dos minutos, Sanz vuelve a marcar el cuarto de un buen remate a una pelota cedida por Sauer. Al minuto, Sanz marca otra vez. Y como no hay quinto malo, éste merece una ovación de todo el público por la belleza de su ejecución, de un empalme con la izquierda sobre la marcha. Sauer marca el sexto, aprovechando un pase de Yonete, lanzando desde lejos un disparo muy colocado junto a la escuadra. El séptimo es obra de Luengo, de penalti, si bien es verdad que ya lo había conseguido antes, pues su disparo fue blocado con las dos manos por un defensa cuando ya el portero estaba batido. El árbitro anula otro tanto a este jugador un minuto antes de finalizar el encuentro, Yonete lanza un centro muy cerrado, entra al remate Sauer, y entre él y el mismo portero se consigue el octavo gol.

El arbitraje del señor García Martínez no nos convenció tanto como en otras ocasiones. Perdonó un par de penaltis totalmente claros en contra del Villena, si bien es verdad que ya estaba resuelto el partido. Anuló un gol como una catedral en una jugada que no podía existir el fuera de juego, pues el pase vino retrasado de Florencio, y éste quedó sin intervenir para nada en la jugada en el momento del disparo de Luengo. Hizo muy bien en amonestar a Yonete por salir al campo después de su lesión sin que la pelota estuviera fuera de juego, y debió sancionar al Toledo. Como siempre, siguió el fuera de juego y estuvo autoritario. Su labor fue aceptable.


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