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Luis Cardeña Gálvez
18/04/2018
RONALDO Y BECKHAM Y LA VEROSIMILITUD.
 
 

RONALDO Y BECKHAM Y LA VEROSIMILITUD


Javier Marías: “El oficio de oír llover”. Editorial Alfaguara, 2005



Estoy preocupado y no es para menos. No descarto que se tratara de un brote psicótico que a saber adónde me lleva, como me diagnosticó un amigo ‘colchonero’, Eduardo Calvo, cuando le relaté mi terrible experiencia de la penúltima jornada de Liga; añadió además con seguridad: “Eso a mí jamás me habrá pasado, con mi Atlético de Madrid”. Lo que me sucedió fue lo siguiente: el Real Madrid jugaba precisamente contra el Atleti en el campo de éste, e iba ganando 0-3. El otro candidato al título, la Real Sociedad, se enfrentaba en Vigo al Celta, y sólo si perdía allí teníamos los madridistas posibilidad de ser campeones en la jornada postrera. La Real iba en desventaja, 2-0, y yo veía el partido de mi equipo por televisión. De pronto se anunció que la Real había marcado, se ponía 2-1 y quedaba una media hora para el final. Con el otro choque ya resuelto a “nuestro” favor, cambié de cadena y me puse a ver el del equipo rival. Y al cabo de unos minutos, me descubrí con estupefacción y terror animando interiormente al enemigo, es decir, a la Real; deseando que empatara en Vigo (por suerte no pude comprobar si también la habría alentado a ganar, algo fatídico para las aspiraciones del Madrid), y pensando: “Venga, ánimo, Real”.

Quienes no estén enterados deben saber que no soy un aficionado cualquiera, sino que, según cierta prensa, entre los escritores yo sería al Madrid lo que Vázquez Montalbán al Barça: hasta “ideólogo del madridismo” he llegado a ser llamado, con mucha pompa, alguna vez. Ustedes dirán si no era para alarmarse. Téngase en cuenta, además, que mi transformación en Mr Hyde se producía ‘antes’ de la salida de Del Bosque y Hierro y del fichaje de Beckham, a raíz de todo lo cual algún ‘merengue’ irredento, como el librero Antonio Méndez, ha devuelto su carnet de socio tras veinte años de militancia activa (y también el de su hijo, quien mucho me temo que nunca se lo perdonará). Intenté analizarla, razonarla, mi espantosa escisión: ¿mi tradicional simpatía por la Real Sociedad y por su ciudad, San Sebastián? ¿La gran temporada que había hecho, contra pronóstico? ¿La tendencia a animar a los modestos, y al equipo que ataca buscando un empate, en casi cualquier partido? Pero claro, ese ‘casi’ excluye aquellos en los que el meritorio ataque perjudique al Real Madrid. “Será por Ronaldo”, pensé por fin, que ahora mete la mayoría de “nuestros” goles y yo no los veo tan “nuestros”. Con él me ocurre algo muy raro: no acabo de creérmelo como jugador del Madrid. Tengo la sensación de que es como el árbitro, sólo que interviene en el juego; de que no pertenece al equipo, aunque tampoco al contrario, claro está. Para mí es como si estuviera de invitado en el campo. Corretea cerca del área rival, y existe la convención aceptada por todos de que, si pilla un balón y lo envía a la red, ese gol se le anota al Madrid (que no en balde le paga), aunque no sea del Madrid enteramente, sino sólo resultado de esa convención pactada. Espero superar esta anómala sensación en temporadas futuras, o si no voy listo.

No sé. En alguna ocasión he escrito que, del mismo modo que no todo grana actor vale para cualquier papel, hay grandes futbolistas que no “pegan” en según qué equipos, porque cada uno de éstos tiene su historia, su estilo, su sentimentalidad, contra los que no siempre se puede ir. Ronaldo en el Madrid es hoy para mí como Robert Mitchum en el papel de Jack Lemmon en ‘El apartamento’, o Lemmon en el de Mitchum en ‘El cabo del terror’: un despropósito, algo falto de verosimilitud. Y en cambio Beckham, con todo lo que se clama en su contra, me parece un ‘merengue’ de los más pausible. Muchos serían los motivos, pero por cuestión de espacio recordaré sólo uno: hace tres años su equipo, el Manchester United, perdía 0-3 en Old Trafford ante el Madrid: una catástrofe, una humillación. Entonces Beckham agarró un balón, se inventó una jugada y marcó un gran gol, sólo por pundonor. En los últimos años sólo he visto hacer lo mismo, crear un gol desde la rabia, a Raúl, justo después de que se le hubiera anulado un gol legal frente al Deportivo. Pese a su archihorterismo ambiental, a Beckham no debería subestimárselo nunca como jugador. Aunque, puestos a fichar del Manchester, aún me habría gustado más el galés Ryan Giggs.

No sé que será de mí, tras aquel brote psicótico. La fea e injusta salida del inteligentísimo Del Bosque me ha causado indignación. La de Hierro me ha sentado mal, sobre todo por las formas, un repelente e impropio autoritarismo empresarial. He visto a Valdano decir cosas que no pensaba. Y si al final se va Guti, mi cabreo será descomunal. Pero de equipo es ‘casi’ imposible cambiar. Quién sabe si el “intruso” Beckham no acabará, paradójicamente, ayudándome a superar esta crisis de identidad, a poco que en Chamartín se comporte como aquella noche ya lejana de Old Trafford, vestido entonces de rojo contra el blanco que ahora va a defender, como mínimo con verosimilitud.

20-VII-03


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